Comte, siempre positivo

Estaba convencido de que sus ideas cambiarían la sociedad, de que el progreso era posible: solo había que tomar como ejemplo la naturaleza y como sistema, la ciencia. No funcionó: Comte cayó en la locura, en la desgracia y el olvido. Pero hay mucha ternura en tan extraño personaje y validez en ciertos postulados de su filosofía positiva. 160 años después de la muerte de Auguste Comte (1798 – 1857) recuperamos la singular figura de quien es considerado por muchos como el padre de la sociología.

Quizá porque fue alguien que siempre vivió en conflicto le acabó gustando tanto el orden. El orden, el progreso y el altruismo, que fueron los valores que inspiraron su trayectoria intelectual. Nacido en 1798 en Montpellier, en una familia católica y monárquica, Auguste Comte no sentía ningún aprecio por su padre y perdió pronto la fe. Expulsado, como buen alumno díscolo, de la escuela, se marchó al efervescente París posrevolucionario. Allí, el joven e inquieto Comte se interesa por todo y por todos. Conoce al conde de Saint-Simon y comparte con él sus ansias de transformación de la sociedad. Junto a él como secretario pasará seis años, de 1817 a 1824. No obstante, la ruptura entre uno de los pensadores que desarrollará el socialismo utópico y otro, cada vez más conservador, estaba cantada. Liberado de ataduras intelectuales y vitales, Comte se establece como pensador y maestro a cuya enseñanza se apuntan ilustres intelectuales como el naturalista Von Humboldt o el matemático Poinsot. En ese ambiente prometedor y optimista se gesta la obra a la que consagrará su vida, su Curso de filosofía positiva. En ella se sostiene que el auténtico conocimiento solo puede ser el científico, aquel al que sirvan de base la observación, la experimentación y la comparación.

La obra de su vida

El primero de los seis tomos de Curso de filosofía positiva, dedicado a las matemáticas, vio la luz en 1830. Seis años después aparecería el que se interesaba por la física y la astronomía; el tercero, de 1938, era un tratado de biología y química. En el cuarto, Comte toma la sociedad como objeto de estudio y quiere aplicarle las teorías y el análisis de las ciencias. Él hablaba de una “filosofía de la sociedad”, pero hoy lo llamaríamos “sociología” y de hecho, Comte es considerado el padre de esta disciplina gracias a su novedoso enfoque. Los dos últimos volúmenes (1841 y 42) recogen estudios sobre la filosofía y las dinámicas sociales. En esta obra colosal, bajo el epígrafe Antecedentes del positivismo, se recoge una de las mayores aportaciones del pensador francés a la historia de la filosofía: la ley de los tres estados. Se refieren al conocimiento y son el teológico, el metafísico y el positivo o científico.

El signo de la inestabilidad

Y mientras Comte se entregaba a la observación de los hechos, la vida le iba pasando y, en ocasiones, por encima. Casado con una antigua prostituta a la que instruyó hasta cambiar de vida (básicamente el esquema con el que quería intervenir en la sociedad), comienza a sufrir crisis nerviosas que le llevaron a permanecer recluido temporadas en instituciones siquiátricas. Su trabajo se resiente, su estabilidad también y lo mismo su vida familiar que estalla finalmente cuando Comte se enamora perdidamente de la joven Clotilde de Vaux. Cuando la dama muere repentinamente de tuberculosis, Comte se sumerge en una depresión de la que le “salva” una vuelta a la religión. Quien había rechazado el catolicismo desde pequeño y abogaba por la ciencia como salvación de la humanidad, ideó una extraña religión “positiva”, sin dioses, a la que llamó religión de la humanidad, con sus hombres ilustres, su culto, sus sacramentos, su calendario y su Papa: él mismo.
La inestabilidad se cuela también en su trayectoria académica. Se frustran sus intentos de llegar a académico y finalmente es apartado de la Escuela politécnica. Le mantienen (tanto intelectual como económicamente) una buena nómina de interlocutores, entre quienes destacará el fiel Stuart Mill. Con ellos discutirá los pormenores de la revolución positiva en la que estuvo inmerso –con títulos como Sistema de política positiva o Catecismo positivista) hasta su muerte en 1857.

A juego con los vaivenes del personaje, su legado también tuvo curiosas apropiaciones pendulares: si en el siglo XIX lo reivindicaron los socialistas radicales franceses, en el XX uno de sus principales defensores fue Charles Maurras el político de extrema derecha, que ideó y fundó la monárquica Action Française. En su obra Historia del pensamiento económico, Henri Denis explica: “Auguste Comte fue venerado por los republicanos del XIX por su apología de la ciencia y su oposición a la religión. Pero en el XX serán sobre todo sus ideas sociales las que servirán a la extrema derecha”. Se demuestra una vez más la amplia (y contradictoria también) variedad de registros, opciones e ideas que desplegó tan singular y controvertido pensador. ¿Qué acabó loco? José Manuel Revuelta, en su prólogo al Curso de filosofía positiva, editado por Orbis, atribuye a Stuart Mill unas posibles palabras de respuesta: no más que cualquier otro constructor de sistemas filosóficos.

LA LEY DE LOS TRES ESTADOS

Sus diversos y vastos estudios llevaron a Comte a la conclusión de que todos las manifestaciones de la inteligencia humana están sometidas a una especie de viaje en tres etapas. Según sus palabras “cada rama de nuestros conocimientos, pasa por tres estados teóricos: el teológico o ficticio; el metafísico o abstracto; y el científico o positivo”.

* El estadio teológico se corresponde con una especie de infancia del conocimiento humano. En este, las preguntas sobre la naturaleza de los seres, sobre las causas primeras y finales, se responden por la acción de fuerzas sobrenaturales o dioses, más o menos numerosos, cuya intervención explica el devenir del universo.

* El estadio metafísico, una adolescencia del pensamiento, no es más que una modificación del primero: se sustituyen los agentes sobrenaturales por abstracciones capaces de engendrar los fenómenos observados, como la Naturaleza de Spinoza, la materia de Diderot o la Razón del siglo de Las Luces

*En el estadio positivo, el ser humano, afirma Comte “reconociendo la imposibilidad de obtener nociones absolutas, renuncia a buscar el origen y el destino del universo y a conocer las causas íntimas de los fenómenos, para dedicarse únicamente a descubrir, con el empleo bien combinado del razonamiento y la observación, sus leyes efectivas, es decir, sus relaciones invariables de sucesión y de semejanza».

 

EN CLAVE POSITIVA: ORDEN Y PROGRESO

Hija de su tiempo, la filosofía positiva nació tras la convulsión de la Revolución francesa. Era una época de inestabilidad y, quizá de ahí, las ansias de reordenación social y política de su creador, Auguste Comte. Para ello, el método científico debía aplicarse a los asuntos políticos, económicos y sociales.

El positivismo es optimista. Confía en el futuro como el lugar donde conducirá el progreso de la mano de la ciencia: ella será la herramienta capaz de solucionar todos los problemas de la humanidad. Como curiosidad, el eslogan comtiano “altruismo, orden y progreso” fue adoptado por países como Brasil, que lo exhibe parcialmente en su bandera.

En política, Comte también aplica su ley de los tres estados: el teológico se correspondería con las teorías que hablan del Derecho divino de los reyes. El metafísico abarca ya nociones que se acercan a la democracia con conceptos como la igualdad entre las personas o la soberanía popular. El estadio positivo se caracteriza por la aplicación del análisis científico a la organización política.

El novedoso enfoque de tomar la sociedad como objeto de estudio y aplicarle las leyes de la ciencia, convierte a Comte en el padre de la sociología, aunque algunos solo le reconocen haber acuñado el nombre, en 1838

(Este texto apareció, con ligeras modificaciones, en el número 227 de la revista La Aventura de la Historia).

Publicado por

Pilar Gómez Rodríguez

Hago Filosofía&Co: filosofía en la compañía de quien se quiera pasar por www.filco.es. Anteriormente fui redactora jefe de la revista "Filosofía Hoy", a la que vi nacer y morir... También colaboro con otras revistas como “La aventura de la Historia” o “Descubrir el Arte”. Y soy escritora. He publicado los libros de relatos "Siete paradas en el país de las sombras", en Edaf; "La carretera de los perros atropellados" en Xorki; y la novela "La otra vida de Egon", en Gadir.