Karl Kraus: uno contra todos

Como editor único –en todos los sentidos– de la revista Die Fackel, (La Antorcha), Karl Kraus llevaba tiempo anunciando y publicando allí fragmentos de Los últimos días de la humanidad, que apareció como libro el 26 de mayo de 1922. Han pasado 95 años y quizá convenga retomar el espíritu apocalíptico y cáustico de la inmortal obra. Lo hace, entre otras muchas cosas, su traductor y estudioso Adan Kovacsics en el libro Karl Kraus en los últimos días de la humanidad, publicado desde Chile por la Universidad Diego Portales.

Las casi setecientas páginas de Los últimos días de la humanidad constituyen una obra de teatro irrepresentable escritas por un autor inclasificable, lo que ya da cuenta de la dificultad a la hora de definir a Karl Kraus (1874-1936). Alguien que comenzó estudiando leyes y que acabó siendo un asiduo visitante de los juzgados; que fue periodista y que acabó montando una revista como altavoz donde denunciar las miserias de la profesión, de la guerra y de la época; alguien que, incansable, escribía poesía, teatro, daba conferencias y charlas, escenificaba lecturas para seguir voceando, denunciando desde su extraño altar. Porque al extraño Kark Kraus le gustaban extrañamente los altares o le atraían como también le atraía todo aquello que tuviera que ver con el mundo religioso. Nacido en una familia judía, se había acabado convirtiendo al catolicismo, para acabar renegando de él. Lo que no abandonó fue la querencia por la Biblia como uno de los textos literarios más sublimes de todas las épocas, especialmente el Antiguo Testamento, el gusto por el lenguaje apocalíptico, las parábolas, las metáforas, las profecías, las visiones… En cierto modo fue el artífice de un nuevo culto, el de sí mismo, bastante exitoso, por cierto, a juzgar por el numeroso público que fielmente acudía a sus lecturas, y que, como corresponde a todos los buenos dioses, lo acabó abandonando. Por suerte, con frases grandilocuentes, rotundamente grotescas, como la que afirmaba que “Viena tiene 2.030.834 habitantes, es decir, 2.030.833 almas y yo” Kraus demostraba que no había que tomárselo demasiado en serio, a él, a la persona. Otra cosa eran sus palabras y un discurso por el que estaba dispuesto a luchar, pleitear, gritar, pegar carteles o dar la batalla de forma irreductible. Ambas caras y alguna más desconocida, incluso sorprendente, al que el libro de Adan Kovacsisc Karl Kraus en los últimos días de la humanidad (Univ. Diego Portales) le dedica buen espacio, formaban parte de su personalidad. Era la personalidad de un hombre contaminado, profundamente contaminado “es más, buscaba la contaminación. O el cuerpo a cuerpo. Su lucha no se entiende sin la proximidad, sin los roces, los rasguños”. En otro párrafo dirá: “le atraía jugar con fuego o, si se quiere, tocar el límite o romper barreras o intentar una difícil –o tal vez imposible– concordia (…). Jugaba con fuego o se metía en la boca del lobo”. Pero desde ahí se defendía a dentelladas lanzadas contra todo y contra todos… excepto contra alguien capaz de volver sus dientes y afilada lengua un pozo de besos y crípticas palabras tiernas.

Contra la guerra. Toda la beligerancia oral de Karl Kraus arranca de un profundo sentimiento antibelicista. Asiste con incredulidad a la locura colectiva que supone la Primera Guerra mundial, un conflicto exaltado y promovido no solo desde los medios sino también desde el arte y la literatura, por no hablar de la política. “Pero es que no os dais cuenta?”, viene a decir una y otra vez un Karl Kraus que rabioso y atónito se frota los ojos de asombro ante lo que para él es evidente. Ese dolor difuso le traspasa como una flecha cuando empieza a tener noticias de muertos que le eran queridos: un cajista de su Antorcha, su sobrino y, sobre todo, el poeta Franz Janowitz. De las líneas, escritas por un sirviente, que le anuncian esa muerte dirá que son las más sublimes “de esta época, que es la más miserable”. A él le dedicó conmovedores versos. Durante esos miserables meses que siguieron al estallido de la contienda, a finales del julio de 1914, la revista Die Fackel no sale, pero Kraus no duerme; se reconcentra, afina sus garras, acumulando rabia, ¿odio?, sí de eso también. En diciembre de 1914 la irregular Antorcha reaparece con un solo texto titulado “En esta gran época”.

Contra la prensa. Kraus no le perdonaría nunca haberse apartado de la realidad, haberse desentendido de un lenguaje pegado a los acontecimientos para naufragar en un asqueroso “mejunje de facticidad y tópico”. Para él, la prensa “había dejado de ser el mensajero para convertirse ella misma en suceso que hacía que los verdaderos acontecimientos fuesen sus informaciones sobre los acontecimientos”. Uno de sus recursos más impactantes consistía, en su revista, en dividir el espacio en dos columnas y contrarrestar, por ejemplo, la descripción de una escena de la guerra –con sus cráneos reventado y sus tripas al fresco– con una crónica de la inauguración de un nuevo café. 

Karl Kraus II (1925), Oskar Kokoschka.

Contra el lenguaje. Muchos años antes de que Hannah Arendt hablara de la “banalidad del mal”, Karl Kraus hizo hincapié en una no menos peligrosa banalidad del lenguaje. De un lenguaje que solo se significaba a sí mismo (lo que es decir nada, aire, humo) en vez de significar hechos o sensaciones pero bien pegados ambos a la realidad. Un lenguaje donde nada es lo que parece, donde el tópico es la ley y la mentira es la norma; solo en ese tipo de lenguaje se comprende que las cámaras de gas puedan llamarse “casas de baños” y los “procesos técnicos” o “acciones especiales” fueran las campañas de muerte organizada e institucionalizada. Fruto de ese lenguaje obsceno, manipulado y manipulador hasta el asco es la volatilización del mismo, de modo que la verdad es la mentira, la mentira la verdad y ninguna de las dos importa en absoluto. Como afirma Kovacsics: “se había creado una situación en que la frase ‘se está produciendo un exterminio masivo en Europa’ se pudiera responder con rotundidad tanto ‘sí, es verdad’, como ‘no, no es verdad’ (…). Para ello, lo decisivo fue que desde el principio pudiera decirse una cosa y la contraria, lo cual no ha dejado de ocurrir”. Y cómo.

Contra el público. Para Karl Kraus la perversión del lenguaje tiene un objetivo, una causa y muchos cómplices: los lectores. Kraus los considera cómodos seudoanalfabetos a los que curiosamente se convierte en jueces del éxito o fracaso de la llamada “industria cultural”. Kraus, que detesta ese tipo de lenguaje, detesta igualmente ese tipo de lector, hasta el punto de escribir contra él, despreciarlo y atacarlo. En el texto Apocalipsis, de 1908, Kraus “se despide –comenta Kovacsics– de su público al que no considera ni distinguido ni respetable, y al que insulta y tacha directamente de estúpido”. Desde el estrado o el atril desde donde impartía sus charlas o lecturas, un Kraus en modo killer se divertía excitando o reduciendo, y siempre subyugando a su auditorio. Desde allí, el actor principal y único exigía a los asistentes saber a lo que iban y atenerse a las consecuencias. Para aprovechar y disfrutar de las sesiones, Kraus necesitaba a un público que amara y conociera a los escritores que él amaba y conocía, que se deleitara con ellos y que, por el contrario, se mofara con él o al menos detectara las ironías, fobias o burlas intelectuales que empleaba contra los autores o sucesos que no le agradaban. Lo extraño fue que durante décadas tuviera un público fiel que llenaba salas y lo seguía. Lo natural fue lo que ocurrió; que poco a poco ese mismo público se fue hartando o enfadando (algo muy fácil teniendo en cuenta el discurso y la personalidad del orador) hasta dejar huecos o abandonar definitivamente las salas otrora llenas a rebosar de sus incondicionales. Tampoco parecía importarle demasiado a él que entre el público solo buscaba en esa dichosa segunda fila a aquella cuya presencia o ausencia era capaz de variar el contenido de las sesiones. Para ella escribía y leía un Kraus que confesaba: “Muchos me temo que la lectura del discurso únicamente le estará permitida a un solo lector, eso sí, al que más quiero”.

La excepción: Sidonie Nádherný. Menos mal que existió esta baronesa de la que Karl Kraus se enamoró nada más conocerla el 8 de setiembre en el café imperial de Viena. Y menos mal que se supo de su relación. Si no, su imagen hubiera sido para siempre la del ser intratable, insoportable, escrupuloso, insobornable, pejiguero e irritable que debió ser. Y solo (tristemente solo) eso. Pero aquella mujer lo redimió: ella acostumbraba a moverse en círculos nobles, elitistas, a menudo antisemitas, y lo arrastraba a esos entornos que detestaba y contra los que Kraus despotricaba, de modo que lo hacía más vulnerable, atacable y seguramente “humano”. Menos mal que el aspirante a criatura “pura” que parecía Kraus se dejó contagiar y fue reducido por el amor a la baronesa. Fue una relación secreta, esto es, bien conocida y bien ocultada por quienes los rodeaban. Viajaban a menudo juntos, llevados por su pasión por los autos, y pasaban periodos en la propiedad familiar de ella, aunque nunca perdieran la ambición de la discreción. Así como esta relación amorosa permite descubrir a un sorprendente y desconocido Karl Kraus, las cartas que dirige a su amada suponen un mundo literario nuevo. El libro de Kovacsics incluye algunas. Están llenas de palabras y expresiones clave, de afectados recursos como terceras personas, imaginarias novelas o incluso animales parlanchines que se deciden o recuerdan o confiesan lo que uno es para el otro. ¿Y qué era Sidonie Nádherný para Karl Kraus? Kovacsics encuentra una expresión precisa. Se puede usar solo después de conocer los antecedentes, de saber lo que para Kraus había supuesto la guerra y lo que vino después, solo entonces cobra toda su extensión y sentido decir que ella era la “encarnación de la antiguerra”, que no es lo mismo que decir la paz, no. Si acaso se parece algo a una calma íntima, a una serenidad que solo aquella diosa obraba en Kraus. Y que como todos los dioses buenos tenía su paraíso, el castillo de Janowitz, en cuyos jardines Kraus había sido hombre feliz. A ese prado le dedicó versos entregados, de él dijo “Este ha sido mi país”. La relación fue tormentosa y duradera: junto con periodos dulces de citas y viajes atravesó también, siempre por parte de ella, otros amores, un matrimonio y casi otro… Kraus se mantuvo fiel siempre a su papel de servir, esperar, adorar. De él dijo ella “me ama como nunca un hombre me ha amado”. Una gran verdad.

Es imposible recomponer un retrato de Kraus sin esta parte y por ello el libro de Kovacsics que la incluye ampliamente es tan verdadero y tan cierto. Es justo no solo con el personaje, sino con la época actual hacia la que el propio autor, en el momento final, trastocado en un nuevo y sosegado Karl Kraus lanza sus preguntas: “¿Quieren decir algo las palabras, quieren decir algo en la vida pública, quieren decir algo dentro de nosotros, o han perdido, como Kraus previó ya a comienzos del XX toda sustancia?”. Y lo cierto también es que no la habrán perdido mientras alguien las grite como hacía el exaltado Kraus, mientras alguien las recupere y escriba como hace el propio Kovacsics o mientras alguien las susurre al oído de quien ama.

 

Publicado por

Pilar Gómez Rodríguez

Periodista cultural. Escribo sobre filosofía, literatura, arte, diseño arquitectura... Los libros casi siempre andan por ahí. Publico en digitales y medios impresos como La maleta de Portbou, Coolt, El Salto, Nueva Revista, La Marea... Colaboro con publicaciones como “Diseño interior”, “La aventura de la Historia” o “Descubrir el Arte”. Y soy escritora. Autora de tres obras publicadas: los libros de relatos "Siete paradas en el país de las sombras", en Edaf; "La carretera de los perros atropellados" en Xorki; y la novela "La otra vida de Egon", en Gadir. Me encontráis en letrasyfilo@gmail.com

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