Una relación con espectros

Como el resto de su literatura, las cartas de Kafka (a sus novias, a sus amigos, al padre…) brindan la oportunidad de conocer la personalidad, las obsesiones y miedos del autor checo. Lo que las singulariza es la capacidad de acercárnoslo en su carne siempre exigua. Esta es una revisión a partir de las Cartas a Milena (Alianza)

“Las personas no me han engañado prácticamente nunca, pero las cartas siempre, y además en este caso no las de los otros, sino las mías (…). Es, en efecto, una relación con espectros, y no solo con el espectro del destinatario, sino también con el propio espectro, que le va dando forma a uno, sin darse cuenta (…). ¡A quien se le habrá ocurrido pensar que la gente podría relacionarse por correspondencia!”. A él mismo –escritor febril de cartas– en algún momento, para renegar al segundo siguiente. La contradicción, ese clásico de Kakfa, se hace evidente en los escritos más personales como es su correspondencia. A veces afirma una cosa para negarla en la línea siguiente: “Ayer te aconsejé que no me escribieras cada día (…) hoy te lo aconsejo otra vez con más insistencia, pero, por favor, no me obedezcas y escríbeme a diario”.

Cartas a Milena, Fraz Kafka. Editado por Alianza. Traducción de Carmen Gauger.

En reedición de Alianza literaria y traducción de Carmen Gauger, Cartas a Milena supone un destilado de todo lo que significó y todo lo que fue autor checo. ¿No es esto lo que hace el amor con nosotros? Por una vez, el escritor no fue distinto al resto. En lo demás, lo fue. Pero quizá también fue distinto en el amor. La pareja se conoció en una cita entre literatos en Praga, donde ella había ido con su marido. Vivían en Viena, de modo que el repentino amor entre Franz y Milena estaba condenado a ser irremediablemente epistolar en gran medida. Lo curioso es que apenas fue de otra forma porque sus encuentros fueron muy escasos. Pero eso daba igual porque a un Kakfa, siempre temeroso ante la realidad, ante casi todo, se manejaba bien entre fantasmas y una presencia lejana se le parecía tanto. Como escribe la traductora en su nota inicial “Kafka ha encontrado en la correspondencia con Milena, como ya le ocurrió con Felice, el perfecto sustituto del contacto real (…). La Milena de su fantasía sustituye plenamente a la real: El día es cortísimo –escribe–, apenas queda un ratito para escribir a la Milena verdadera, porque la aún más verdadera ha estado aquí todo el día, en la habitación, en el balcón, en las nubes”. Además, la realidad es tan pesada y amenzante para Kafka, tan dañina… Viene cargada de malentendidos, intentos frustrados, engaños, apariencias, suposiciones… Tiene leyes secretas que Kafka nunca interiorizó. Como nadie lo conoció mejor que ella, Milena, esta bien reproducir sus palabras (el libro incorpora el obituario que Milena escribió en la muerte de Kafka y sus cartas a Max Brod. De estas últimas la descripción que sigue): “Una persona rápida escribiendo a máquina y otra que tiene cuatro queridas es para él algo tan incomprensible (…) incomprensible porque tiene vida. Pero Frank no sabe vivir, es incapaz de vivir. Frank no recobrará nunca a salud. Frank morirá pronto”. En nada se equivocaba la joven periodista. Le llamaba Frank como a Kafka le gustaban firmar en las cartas uniendo la primera letra de su apellido a su nombre.

Aparte de como tales, las cartas pueden leerse como una extraña biografía, como un diario, pueden dar cuerpo a una apasionante novela de amor o alumbrar con sus destellos el resto de la obra kakfiana. A quien conozca algo el mundo del autor, le resultarán bien sugerentes pasajes como “A un paso de distancia de mí, que seguía allí tumbado, un escarabajo había caido de espaldas y estaba desesperado, no podía enderezarse (…). Asimismo, algunos de los sueños que relata a su amada también parecen haber pasado a engrosar las páginas de sus libros. Y como en estos, también en las cartas hay momentos surrealistas, desgarrados, expresionistas y sublimes. A estos último pertenece esta declaración de amor – la más hermosa– que habla del Kafka más desconocido y que, quizá, no pudo ser: “Como yo te quiero (…) quiero al mundo entero, y a él pertenece también tu hombro izquierdo, no, era primero el derecho y por eso lo cubro de besos cuando me apetece (…)”.

Kafka, por él mismo

Aquel al que horrorizaba su persona, el hecho concreto de su vida y su cuerpo nunca hubiera accedido a bosquejar un retrato de sí mismo. Pero en su versión reflejada, en las cartas, sí existen trazos muy valiosos a la hora de describirlo. Estos son algunos de ellos:

“El miedo es verdaderamente extraño, sus leyes internas no las conozco, solo conozco su mano en mi garganta”.

“Doy la razón a todo lo que para mí es inalcanzable”.

“Y ¿cómo iba yo a condenar a nadie, yo que en todos los aspectos reales
–matrimonio, trabajo, valor, sacrificio, pureza libertad, independencia, veracidad– estoy tan por debajo de ustedes que me da asco hablar siquiera de ellos?

“Luego habrá allí una persona flaca y larguirucha que sonreirá amablemente”.

“Todo mi ser no es sino miedo”.

“¿Has tenido alguna vez flores atravesadas en la garganta?”.

“Me quejo de haber nacido, me quejo de la luz del sol”.

“No me atreveré a tenderte la mano, esta mano sucia temblorosa, ganchuda, torpe, insegura, helada y ardiente”.

(Este texto es una revisión de la reseña publicada en el número 55 de la revista Filosofía Hoy).

Publicado por

Pilar Gómez Rodríguez

Hago Filosofía&Co: filosofía en la compañía de quien se quiera pasar por www.filco.es. Anteriormente fui redactora jefe de la revista "Filosofía Hoy", a la que vi nacer y morir... También colaboro con otras revistas como “La aventura de la Historia” o “Descubrir el Arte”. Y soy escritora. He publicado los libros de relatos "Siete paradas en el país de las sombras", en Edaf; "La carretera de los perros atropellados" en Xorki; y la novela "La otra vida de Egon", en Gadir.