Frankenstein novela gótica

Ginebra shore. O el nacimiento de la novela gótica en el año sin verano

En 1816, un grupo de jóvenes creadores con ganas de pasarlo bien se encierra –a la fuerza, por el mal tiempo– en una villa. Fruto de esas sesiones nacerá la novela gótica tal y como la conocemos hoy.

Algo que se podría llamar egocentrismo temporal hace que parezcan siempre nuevos comportamientos o fenómenos que no lo fueron tanto. En 1816 no existía la expresión cambio climático; ni la expresión ni cambio climático alguno y sin embargo en casi todo el mundo andaban extrañados mirando al cielo a ver si el frío se iba definitivamente y el sol quería salir de una vez. Pasó la primavera y nada, llegó junio, julio… A la espera del verano que nunca existió en mayo de ese año se reunieron en el lago de Ginebra un grupo de jóvenes intelectuales entre los que se encontraban la escritora Mary Godwin y su pareja (aunque él estaba casado), el poeta y filósofo Percy Bysshe Shelley. Les acompañaba la hermanastra de Mary, Claire Clairmont, amante de Lord Byron, quien se encontraba pasando una temporada allí en compañía de su doctor, amigo y fan John William Polidori. Su intención era pasar unos buenos días navegando, dando paseos… El tiempo, convertido sesión tras sesión en temporal, acabó encerrando al grupo en la Villa Diodati.

Villa Diodati, junto al lago de Ginebra. Allí nació Frankenstein de la mano (de la pluma) de Mary Shelley.

Mary Shelley lo describía así: «húmedo y poco amable; la lluvia incesante nos obligó a encerrarnos durante días en la casa». En esos días de encierro, aquellos jóvenes intelectuales, excéntricos, libertinos y de vacaciones se entretenía inventando historias de fantasmas o comentando las que circulaban sobre los experimentos del naturalista Erasmus Darwin, que supuestamente había sido capaz de reanimar materia muerta. Parece que el láudano circulaba también en aquellas sesiones. El caso es que Polidori, doctor integrado en el grupo, relata así algunas de esas jornadas: “Después del té, a las doce en punto empezamos en serio a hablar de fantasmas. Lord Byron recitó los versos de Christabel de Coleridge, sobre el pecho de la bruja. Cuando se hizo el silencio, Shelley, gritando de repente, se llevó las manos a la cabeza y salió corriendo de la sala con una vela. Le echamos agua en la cara y luego le dimos éter”.

Byron, promotor y protagonista

El intrépido poeta inglés debería llevar la batuta en la organización de actividades pues fue él quien propuso inventar una historia de fantasmas, la más terrible que fuera capaz de imaginar un ser humano. Resultó que el mismo Byron no se tomó muy en serio su propuesta; parece que se entretuvo en hacer un bosquejo, pero lo abandonó poco después. Quienes aceptaron el reto fueron Polidori y Mary Shelley; el primero alumbró El Vampiro, que cuenta la peripecia de un joven siguiendo a un misterioso caballero y siendo testigo finalmente de su terrible condición. No solo el texto parte de una narración previa de Byron, sino que el personaje principal está inspirado en el poeta. Shelley imaginó Frankenstein después de una pesadilla que le hizo escribir: “Vi, con los ojos cerrados, pero con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de malas artes, de rodillas junto a la criatura que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural”.

Orígenes y sentido

Estrictamente el origen de la novela gótica, esa mezcla de ficción que mezcla intriga, suspense y miedo, mucho miedo, se remonta al siglo anterior, a un texto llamado El castillo de Otranto firmado por Horace Walpole. Lo que sí es rigurosamente cierto es que el episodio ginebrino fue vital a la hora de definir las claves del estilo gótico; castillos y casas abandonadas, ruinas, tormentas, brumas, acantilados o escenarios junto al mar, antiguas leyendas, visiones… En realidad se podría decir que la novela gótica tal y como la conocemos hoy día se forjó en un entorno gótico, pues de todo eso hubo en los días que aquel extraño grupo de escritores pasó en la casa del lago de Ginebra.

Pero más allá de una estética determinada y bien definida, el estilo gótico supone un levantamiento contra el modelo racionalista derivado del siglo de las luces, es el hijo gore del romanticismo; si este oponía el sentimiento a la razón, el gótico prefiere el aullido y la sangre. Con un epicentro, siempre discutible, en el mundo anglosajón, el movimiento tiene derivaciones en los diversos países europeos. Schiller, en la Alemania romántica se puede considerar un precursor, mientras que fragmentos de inspiración gótica se encuentran en algunas narraciones de E.T.A. Hoffman y de Heinrich von Kleist. El poeta Nerval y el propio marqués de Sade serían nombres que, desde Francia, reinterpretaron el género, mientras que en Rusia, escenas góticas se integran en obras de Pushkin o Gogol. Y algunos han querido verlas también en ciertas atmósferas de Dostoievsky. Sobre todos ellos emerge la figura de Allan Poe, el gran escritor y poeta norteamericano. Es el máximo representante de la corriente denominada Romanticismo oscuro, que comparte ambientación con la novela gótica. Como diferencia se podría decir que si lo gótico se centra en el terror y en la capacidad de sobrecogerse del alma al contacto con elementos externos, en las obras de Poe el miedo viene de dentro, surge ante los misterios que esconde la sombría naturaleza del ser humano.

El vampiro es eterno

Con idas y venidas, el éxito del género gótico iba superando el paso del tiempo en buena forma. La inquietud del cambio de siglo, del XIX al XX, iba a suponer un renacer en este tipo de ficción de la mano de autores que, no en toda su carrera, pero sí de forma puntal, iban a dotar a la novela gótica de su máxima expresión en términos de calidad literaria. El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886), de Robert Louis Stevenson; El retrato de Dorian Grey (1891), de Oscar Wilde; u Otra vuelta de tuerca (1898), de Henry James supondrían hitos no solo para la historia de la novela gótica sino para la historia de la literatura.
En 1897 se publica Drácula, de Bram Stoker. El vampiro más famoso, enclavado de lleno en el terreno de lo gótico abría paso a una corriente aún más específica; el género de vampiros. Con múltiples producciones en los distintos soportes, el cine con el inmortal Nosferatu de Murnau, pero también los cómic, la música y las series se han ocupado de renovar el aliento de lo gótico y traerlo hasta nuestros días.

DOS OBRAS INICIÁTICAS

Que no se diga aquellas supuestas vacaciones no fueron aprovechaditas. Del mítico encuentro de aquel extraño verano de 1816 salieron dos obras que iban a insuflar nueva vida al género gótico. Fueron:

“Frankenstein”, de Mary Shelley publicado por Nórdica. Con ilustraciones de Elena Odriozola.

Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. El relato, con un formato novedoso, avanza mediante las cartas que el capitán Robert Walton escribe a su hermana. En ellas, en el contexto de una penosa expedición hacia el Polo Norte, habla de su encuentro con el náufrago Víctor Frankenstein. Es un doctor misterioso que arrastra un terrible secreto: su ambición le ha llevado a crear vida humana a partir de materia muerta. Ha dado a luz a una criatura monstruosa y ambigua, con sentimientos y la misma ambición que su creador. Se siente solo y quiere una compañera para dejar en paz a la humanidad, comenzando por él. El doctor no accederá y desde entonces su vida se verá arruinada por la venganza de su engendro.

“El Vampiro”, de John Polidori, en edición de Planeta.

El Vampiro, de Polidori. Cuenta las andanzas de un misterioso personaje, Lord Ruthven por quien el narrador siente una suerte de fascinación-repulsión que le hace seguirle en sus viajes. Siguiendo sus pasos, Aubrey lo acompaña a Roma y a Grecia, donde descubrirá su terrible condición. Tras ser herido de muerte, el vampiro reaparece en buena forma en Londres lo que, en sentido figurado, hace enloquecer a Aubrey. Pero todos se lo toman en sentido literal cuando este intenta alejar a su hermana, convertida en objetivo del vampiro, de Lord Ruhtven. Nadie le cree y las consecuencias son fatales.

 

EN VERSIÓN CINEMATOGRÁFICA

Cartel del filme de Gonzalo Suárez, “Remando al viento”.

En 1988 Gonzalo Suárez presentó uno de sus títulos más representativos, Remando al viento. Ese filme trata exactamente del encuentro de los jóvenes creadores, fijándose en la figura de Mary Shelley, en la casa del lago de suiza. Hugh Grant interpretó el papel del poeta lord Byron y Lizzy McInnerny fue Mary Shelley. Completaban el reparto Valentine Pelka, Elizabeth Hurley, José Luis Gómez y Virginia Mataix.

 

 

(Una versión más corta de este texto se publicó en el número 212 de la revista La Aventura de la Historia).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado por

Pilar Gómez Rodríguez

Hago Filosofía&Co: filosofía en la compañía de quien se quiera pasar por www.filco.es. Anteriormente fui redactora jefe de la revista "Filosofía Hoy", a la que vi nacer y morir... También colaboro con otras revistas como “La aventura de la Historia” o “Descubrir el Arte”. Y soy escritora. He publicado los libros de relatos "Siete paradas en el país de las sombras", en Edaf; "La carretera de los perros atropellados" en Xorki; y la novela "La otra vida de Egon", en Gadir.